El Perú ha sumado un nuevo episodio a su ya extensa historia de turbulencia política. El Congreso de la República removió al presidente interino José Jerí, quien había asumido el cargo de manera transitoria, profundizando una crisis institucional que se ha convertido en rasgo crónico de la política peruana en los últimos años. La decisión legislativa se produce en un momento particularmente delicado: a pocas semanas de las elecciones generales programadas para abril de 2026.
Un patrón recurrente: la inestabilidad presidencial como norma
Para comprender la magnitud de lo ocurrido, es necesario situar esta destitución en el contexto más amplio de la crisis política peruana. Desde 2016, el país ha experimentado una rotación presidencial sin precedentes en la región. Pedro Pablo Kuczynski renunció en 2018 ante la amenaza de vacancia; Martín Vizcarra fue destituido por el Congreso en noviembre de 2020; Manuel Merino duró apenas cinco días tras protestas masivas; Francisco Sagasti completó la transición; Pedro Castillo fue removido en diciembre de 2022 tras su fallido intento de disolver el Congreso; y Dina Boluarte, quien lo sucedió, ha enfrentado niveles históricos de desaprobación ciudadana.
La remoción de Jerí no es, entonces, un hecho aislado, sino la manifestación más reciente de un sistema político estructuralmente disfuncional. El Congreso peruano, fragmentado en múltiples bancadas sin mayorías claras, ha utilizado repetidamente sus facultades de control político como herramienta de poder, generando un ciclo de confrontación entre el Ejecutivo y el Legislativo que ha paralizado la gobernanza del país.
¿Quién era José Jerí y por qué fue removido?
José Jerí ocupaba la presidencia del Congreso y, en virtud de la línea de sucesión constitucional, ejercía funciones como presidente interino del Perú. Su gestión, sin embargo, estuvo marcada por controversias que erosionaron rápidamente su legitimidad tanto dentro del hemiciclo como ante la opinión pública.
El Congreso, haciendo uso de sus mecanismos internos, decidió removerlo de la presidencia del Legislativo, lo que automáticamente le retiró también la condición de jefe de Estado interino. La votación reflejó las profundas fracturas al interior del parlamento, donde las alianzas son volátiles y los acuerdos políticos tienen una vida útil extremadamente corta.
La inestabilidad en la cúspide del poder peruano no es un accidente: es el resultado de un diseño institucional que permite al Congreso remover presidentes con relativa facilidad, sin que existan contrapesos efectivos que garanticen la continuidad democrática.
Las elecciones de abril: ¿una salida a la crisis?
El Perú se encamina hacia elecciones generales en abril, un proceso que muchos analistas consideran la única vía viable para restaurar un mínimo de estabilidad institucional. Sin embargo, el panorama electoral no es particularmente alentador. La fragmentación del sistema de partidos, la desconfianza ciudadana en la clase política y la proliferación de candidaturas sin bases programáticas sólidas anticipan un escenario de alta incertidumbre.
Las encuestas muestran un electorado profundamente desencantado. Según datos del Instituto de Estudios Peruanos (IEP) y otras consultoras, la desaprobación del Congreso supera consistentemente el 90%, mientras que la confianza en los partidos políticos se encuentra en mínimos históricos. Este clima de desafección genera el riesgo de que las elecciones produzcan un gobierno sin mandato claro ni capacidad de construir consensos.
El próximo presidente —o presidenta— heredará un país con desafíos enormes: una economía que, si bien ha mostrado resiliencia macroeconómica, enfrenta problemas de informalidad laboral que afecta a cerca del 70% de la fuerza de trabajo; niveles crecientes de inseguridad ciudadana, con la expansión de organizaciones criminales vinculadas a la extorsión y el narcotráfico; y una institucionalidad democrática severamente debilitada.
Las raíces estructurales de la inestabilidad
La crisis peruana tiene raíces que van más allá de las personalidades individuales. El sistema político del país combina un presidencialismo debilitado con un Congreso unicameral dotado de amplias facultades de control, incluyendo la vacancia presidencial por "incapacidad moral permanente", una figura constitucional cuya ambigüedad ha sido explotada reiteradamente con fines partidistas.
A esto se suma la ausencia de partidos políticos institucionalizados. A diferencia de otros países de la región donde existen organizaciones partidarias con trayectoria y bases sociales identificables, en el Perú los partidos son, en su mayoría, vehículos electorales efímeros que se disuelven o reconfiguran tras cada ciclo electoral. Esta debilidad partidaria impide la construcción de coaliciones estables y condena al sistema a una lógica de confrontación permanente.
La reforma política, largamente discutida pero nunca implementada de manera integral, sigue siendo la gran deuda pendiente. Propuestas como el retorno a la bicameralidad, la modificación de los requisitos para la vacancia presidencial y el fortalecimiento de los partidos políticos han sido debatidas durante años sin que el Congreso haya tenido la voluntad de aprobarlas.
¿Qué viene ahora para el Perú?
En el corto plazo, la sucesión tras la remoción de Jerí seguirá los cauces constitucionales establecidos, con un nuevo presidente del Congreso asumiendo funciones interinas. La expectativa generalizada es que este período transitorio sea breve y que las elecciones de abril se celebren según lo programado.
Sin embargo, la pregunta de fondo persiste: ¿puede el Perú romper el ciclo de inestabilidad que lo ha definido durante la última década? La respuesta dependerá no solo de quién gane las elecciones, sino de la capacidad del próximo gobierno para construir una relación funcional con el Congreso y avanzar en las reformas institucionales que el país necesita con urgencia.
Mientras tanto, la comunidad internacional observa con preocupación cómo una de las economías más estables de América Latina convive con una de las democracias más frágiles del continente, una paradoja que define al Perú contemporáneo.