A menos de un año de las elecciones generales previstas para abril de 2026, las encuestas más recientes revelan un panorama político peruano dominado por dos figuras de la derecha: Keiko Fujimori, líder de Fuerza Popular, y Rafael López Aliaga, actual alcalde de Lima y cabeza de Renovación Popular. Ambos candidatos se mantienen al frente de las preferencias ciudadanas, aunque con porcentajes que reflejan la enorme dispersión del voto en un país que atraviesa una crisis de representación política sin precedentes.
Un liderazgo fragmentado en las encuestas
Según la encuesta difundida por Reuters, Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga encabezan las intenciones de voto, pero ninguno de los dos supera umbrales que garanticen una victoria cómoda en primera vuelta. Este dato resulta particularmente relevante en el contexto peruano, donde el sistema electoral permite que un candidato pase a segunda vuelta con porcentajes sorprendentemente bajos —como ocurrió en 2021, cuando Pedro Castillo y Fujimori accedieron al balotaje con apenas el 19% y 13% de los votos, respectivamente.
La fragmentación del campo electoral es notable. Más de una docena de candidatos compiten por la presidencia, lo que diluye las preferencias y hace que incluso los líderes en las encuestas se encuentren en una posición de vulnerabilidad estadística. Este escenario reproduce un patrón recurrente en la política peruana del siglo XXI: la incapacidad de los partidos para consolidar mayorías electorales sólidas.
El giro conservador del electorado peruano
El hecho de que las dos figuras con mayores intenciones de voto provengan del espectro de la derecha y centroderecha no es casual. El Perú ha experimentado un desplazamiento ideológico significativo tras la traumática experiencia del gobierno de Pedro Castillo (2021-2022), cuya gestión estuvo marcada por la inestabilidad, denuncias de corrupción y un fallido intento de disolver el Congreso que derivó en su vacancia y arresto.
Ese episodio generó un profundo rechazo en amplios sectores del electorado hacia las propuestas de izquierda radical. La gestión de Dina Boluarte, quien asumió la presidencia tras la destitución de Castillo, tampoco ha logrado revertir el descontento ciudadano. Con niveles de aprobación históricamente bajos, Boluarte ha dejado un vacío político que los candidatos de derecha buscan capitalizar ofreciendo discursos centrados en la seguridad ciudadana, la estabilidad económica y el orden institucional.
Keiko Fujimori, heredera política de Alberto Fujimori y tres veces candidata presidencial, apela a una base electoral que asocia el fujimorismo con la derrota del terrorismo y la estabilización económica de los años noventa. Por su parte, López Aliaga se ha posicionado como una figura de derecha más radical, con un discurso conservador en lo social y liberal en lo económico, que conecta particularmente con sectores evangélicos y empresariales.
Los desafíos estructurales que hereda el próximo presidente
Más allá de las preferencias electorales, quien llegue a Palacio de Gobierno enfrentará un país profundamente deteriorado en múltiples dimensiones. La inseguridad ciudadana se ha convertido en la principal preocupación de los peruanos, con tasas de criminalidad en ascenso y la expansión de organizaciones criminales vinculadas al narcotráfico y la extorsión, particularmente en Lima, Trujillo y otras ciudades costeras.
En el plano económico, si bien el Perú mantiene indicadores macroeconómicos relativamente estables —con una inflación controlada y reservas internacionales robustas—, el crecimiento del PIB se ha desacelerado y la inversión privada muestra señales de cautela ante la incertidumbre política. La informalidad laboral, que afecta a más del 70% de la fuerza de trabajo, sigue siendo un problema estructural que ningún gobierno ha logrado resolver.
La crisis institucional es quizás el desafío más profundo. El Perú ha tenido seis presidentes en los últimos siete años, y la relación entre el Ejecutivo y el Congreso ha sido consistentemente disfuncional. El próximo mandatario necesitará no solo ganar la elección, sino construir coaliciones parlamentarias viables para poder gobernar efectivamente.
Las incógnitas de una campaña que apenas comienza
Es importante subrayar que las encuestas a esta altura del proceso electoral tienen un valor indicativo pero limitado. La historia reciente del Perú demuestra que los liderazgos en las encuestas pueden evaporarse rápidamente. En 2021, Pedro Castillo ni siquiera aparecía en las mediciones meses antes de ganar la primera vuelta.
La fragmentación extrema del voto peruano convierte cada elección en un ejercicio de incertidumbre donde los candidatos con bases electorales fieles —por pequeñas que sean— tienen ventajas desproporcionadas en primera vuelta.
Fujimori cuenta con esa base fiel pero también arrastra un techo electoral significativo: sus elevados niveles de rechazo, vinculados a los procesos judiciales que ha enfrentado por presunto lavado de activos y a la polarización que genera su apellido, podrían dificultar una victoria en segunda vuelta. López Aliaga, por su parte, ha visto crecer su perfil nacional desde la alcaldía de Lima, pero aún debe demostrar que puede convertir su gestión municipal en una plataforma presidencial viable.
Lo que las encuestas sí confirman con claridad es la tendencia del electorado peruano hacia opciones de derecha, un fenómeno que responde tanto al fracaso de la izquierda en el poder como a las profundas demandas de orden y seguridad que dominan el sentimiento ciudadano. El Perú de 2026 será, casi con certeza, un país que elegirá desde el conservadurismo. La pregunta que queda abierta es cuál de estos liderazgos logrará articular una propuesta que trascienda el voto de primera vuelta y conquiste la mayoría en un eventual balotaje.